Va por ti, Pilar Fatás, porque como ellos, “sientes lo que vives y transmites lo que sientes”.

También va por el Museo Neocueva de Altamira, por hacer posible que aquello que muy pocos tienen el privilegio de visitar, tenga una réplica tan bien lograda, tan fidedigna. Y lo digo con el conocimiento de haber podido comparar la auténtica cueva y su reproducción. Os aseguro que nadie podrá salir de la visita en el museo, sin decir que han estado muy cerca de la realidad de Altamira.

Las emociones  más intensas son aquellas que dan respuesta a una alegría inesperada. Un deseo (incluso un imposible) hecho realidad… Seguro que tú también te has preguntado qué sienten las personas que un 22 de diciembre  o un 6 de enero reciben una llamada que le informa de: “Nos ha tocado”. Incredulidad, exultación, nerviosismo, desubicación, vamos que si de un diagnóstico médico se tratase, diríamos que el individuo entra en un estado de shock emocional.

El factor determinante de que ocurran “cosas extraordinarias” en tu vida, lo define algo llamado azar (que no deja de ser un caprichoso destino que  intenta engañarnos haciéndonos pensar que las cosas pasan por casualidad).

Si lo llamamos suerte, traspasaremos el umbral de la superstición, que acompañará la lectura de este  relato de una alegría inesperada, de un hecho extraordinario.

Si te hablo de un bisonte… y piensas en Altamira… Si ubicas Cantabria y Santillana del Mar en el mapa de España en el mismo pensamiento… sabrás que existe un lugar excepcional  en el Norte. Una joya protegida, como un diamante en una caja fuerte, de la cual sólo unos pocos tienen la llave (privilegio de traspasar su puerta).  ¿Y quiénes son esos afortunados? Cinco personas que cada viernes, a las 10:30, son tocados por la varita del azar, con la papeleta de la lotería que supone que salga tu nombre de la urna del sorteo.

Despertando un frío 9 de febrero, y venciendo la pereza de abrigarme y conducir hasta la Neocueva, decido acercarme a “la caverna milenaria”, con la disculpa de tomar un café con una amiga, iniciando un ritual que quería prolongar cada viernes de invierno. Desafiando los rituales de la superstición, voy vestida de amarillo (detalle del que no fui consciente hasta que un mes más tarde, y recordando aquel “extraordinario día”, mi amiga me lo destacara, a modo de “¡vaya osadía!”)

Recuerdo el dulce sabor de mi capuchino, la alegre conversación… y el calor de la compañía, que minutos después se fundía conmigo en un abrazo, al oír mi nombre, escrito en la primera papeleta que salió de aquella urna…

¡Incredulidad!  Es una broma, ¿no? Alguien me va a decir ahora que ha habido un error, que hay una cámara oculta, o que incluso formo parte de un estudio del comportamiento humano ante “sucesos extraordinarios”

¡Desubicación! Es como estar viviendo un sueño. Tu cuerpo se transporta a un segundo plano, donde no sabes si tu mente te está jugando una mala pasada haciéndote creer que es realidad lo que quizás dormida, estás soñando

¡Exultación! Se para el tiempo…no eres consciente de tu yo y ¡mucho menos! de un vosotros y ellos… Quieres vivir al máximo el momento, exprimir esa emoción, y la sensación de júbilo extremo, te impide racionalizar lo que te está pasando

¡Nerviosismo! Y ahora, ¿Qué hago? ¿A dónde voy? ¿Quién me acompaña?  ¿Cómo voy a afrontar cruzar las barreras del pasado? ¿Qué habrá tras la puerta?

¡Y soy consciente de que esto es lo que se siente cuando te toca la lotería!

Comenzamos la aventura, 2 guías y los cuatro compañeros afortunados como yo, de vivir en primera persona un viaje de ida y vuelta al pasado en hora y media.

Empezamos por el presente, la visita a la Neocueva, en la que me impregno de conocimiento de la historia que ha llegado a nuestros días, para intensificar la experiencia de vivir lo auténtico.

Y me quedo con el derrumbe de la boca de la cueva, que parecía presagiar la barbarie que se cometió en  este espacio, con visitas indiscriminadas durante tantos y tantos años, en un vano intento de protegerla. Porque no siempre vale el refrán popular de “lo que coman los gusanos que lo aprovechen los humanos”. La cueva de Altamira es mucho más que un cuerpo, es el escenario de aquellas almas que habitaron aquel paraje, convirtiéndolo en un templo sagrado de la humanidad.

¿Preparados? Y pido permiso para ir al baño, como un niño al que le pueden los nervios, no vaya a ser que cuando salga se hayan ido sin mí, y pierda el décimo premiado sin oportunidad de cobrar esta experiencia.

En la calle llueve, y las gotas de lluvia en el paraguas, no hacen más que acrecentar la sensación de estar dando pasos hacia un lugar único por sagrado e intransitado, que tengo respeto, incluso miedo, de invadir.

Cuando el campo de visión llega hasta la pequeña puerta que da acceso a la cueva, miro alrededor, y tengo la sensación de chocarme con el cazador que, en aquel mismo paisaje, sale a enfrentarse con un animal de gran envergadura, en una lucha “cuerpo a cuerpo”,  el bisonte… Y siento su miedo… pero también su valentía. Junto a él me estoy haciendo más fuerte.

Es el momento de equiparse con las medidas de seguridad que intentan impedir el impacto que seres humanos del siglo XIXI pueden producir en unas pinturas que se han conservado miles de años.  Mi amarillo se transforma en un blanco impoluto de un mono.

Una foto para perdurar el momento en el tiempo ante la puerta, el corazón a mil, y móvil apagado; aquellos con los que me voy a encontrar ahí dentro, no lo necesitaban para comunicarse.

¡Estoy dentro! Con un cronómetro que va restando segundos a un tiempo limitado para disfrutar del espacio inverosímil en el que nos hayamos.  Y vuelvo a ser niña como ella, en ese afán de adentrarse en lo desconocido sin conciencia de peligro, por aquel hueco que,  aunque hoy tapiado por piedras, sería el acceso de María al interior de la cueva.

El grupo de divide en dos, y decido unirme al que deja lo mejor para el final, la sala de pinturas.

Silencio… solamente el suave murmullo del agua colándose entre las grietas osa interrumpirlo

Oscuridad… solamente resplandores dorados y brillantes destacan sobre nuestras linternas. Son hongos que parecen querer disfrazar su faceta maligna en un tono tan hermoso para mimetizarse con la grandeza en la que se desarrollan.

Y a mí misma me molestan mis pisadas al andar, intento no hacer ruido, pero el silencio me lo pone difícil. Siento respeto por el espíritu que allí pervive, porque percibo la intensidad de esas almas que dejaron allí, su intensidad de vivir, sentir y transmitir… Me encuentro, sin duda, en el mayor y más auténtico templo que he podido visitar hasta el momento.

Nos adentramos en la cavidad, hasta el final transitable,  y el sentido del oído capta una música ancestral, el sonido del pasado, de sus dueños y moradores al comunicarse, al amarse, al reírse, al  llorar…  Las piedras parecen estar alertas, y simulan relajarse con las emociones que a flor de piel van surgiendo en el recorrido.

El final nos marca el retorno hacia lo más esperado… y cuesta respirar, lo que por una vez en la vida se agradece, pues permite seguir disfrutando de la envolvente atmósfera de la cueva, con el obligado avanzar lento.

A pocos metros, en un habitáculo que bien podría ser una caja fuerte, una sala de acceso restringido en su época, la sala de pinturas.  Hay que respetar los tiempos, pero me comen las ansias. Tiempo justo de pensar ¿cómo voy a hacer para asimilar tanto arte en tan pocos minutos?

El bisonte, la cierva… parecen querer  transmitirnos su admiración por aquellos artistas, que incluso tumbados en el suelo, supieron reflejar magníficamente el entorno, el espacio y los protagonistas de una historia, que ni de lejos podríamos imaginar si no fuera por su legado. Y realmente lo consiguen, porque ellos sí que fueron especiales, mágicos, sensibles, intuitivos… artistas inigualables merecedores de los mejores aplausos, alabanzas y admiración que el hombre sea capaz de producir y sentir. Un techo en el que se condensa la mejor película, el mejor álbum de fotos, las mejores redes sociales, en los que salvar los recuerdos para el futuro.

Se acaba el tiempo, se  baja el telón, se abre la puerta para volver al presente.  Pero no siento tristeza, sino una inmensa alegría de haber compartido un tiempo  interminable, porque mi visita a Altamira, supuso un principio de fe, un antes y un después de traspasar el umbral de lo imposible:

.- Porque los sueños se hacen realidad

.- Porque las personas  tenemos  una esperanza en  la grandiosidad espiritual en sus orígenes, que como en esta cueva se demuestra, perdura en el tiempo.

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